‘Dime ahora lo que quieres que te haga, pero dímelo despacio, mirándome a los ojos, con las palabras más crudas, más ferozmente obscenas que puedan hacernos sentir mayor vergüenza.’ Entonces, Gala contestó: ‘reviéntame.’
Quedé tan atónito al ver que se me ofrecía mi propio secreto como regalo, en lugar de la ardiente proposición erótica que había esperado, que tardé en contestarle.
‘Lo harás?’, oí que repetía. Contesté, ‘Sí’.
Y volví a besarla duramente en la boca, mientras repetía en el fondo de mí mismo, ‘no, no la mataré’. Y en mi segundo beso a Gala, que era un beso de judas por la hipocresía de mi ternura, simultáneamente consumó el acto de salvar su vida, y resucitó mi alma.
(Salvador Dalí)